miércoles 14 de octubre de 2009

Capítulo XII: Películas

Capítulo XII: Películas


Hasta ese momento había luchado por buscar un sentido a lo que ocurría. No habían bastado el perro mecánico metálico, la playa vacía-llena, la rapidísima amiga de Nena, la estatua no cojas atajos, el mordisco borrado, la carrera de dominó, la puerta de mi habitación o el baile de número de hijos para persuadirme de que todo aquello no era real. Pero lo de la habitación 309 ya era demasiado. No tenía sentido. Nadie iba a poder explicármelo, ni dentro ni fuera de aquella casa. Así que me quité los pantalones, la camisa, los calcetines y las botas y me metí con mis boxers en la piscina. Leonor me siguió, encantada. Se quitó todo lo que pudo sin escandalizar a nadie (al fin y al cabo había niños en la otra piscina) y nos dedicamos a hacer largos durante un buen rato.
Cuando nos cansamos de nadar salimos del agua y nos metimos en la sauna de vapor. Al cabo de unos minutos Leonor comentó:

- ¡Qué calor!
- Se supone que esa es la idea –contesté, curiosamente en paz conmigo mismo.
- ¿Por qué me has preguntado si Emma había matado a alguien? –rota la paz, roto el buen rollo.
- No.
- ¿No qué?
- No me vale.
- ¿Qué es lo que no te vale? –entre las nubes de vapor parecía realmente desconcertada.
- Que finjas que todo es normal. Que me preguntes sobre Emma, como si no pasara nada extraño. Estamos en un polideportivo, querida.

Hizo un mohín.

- No te comprendo…
- ¿De dónde eres, Leonor? ¿De qué planeta?
- Nací en Barcelona, pero mi madre es de Huesca y mi padre de Jaén.
- ¿En Barcelona cómo te desplazas?
- Metro, bus… A veces incluso paseo. ¿A dónde quieres llegar?

Era ridículo tener que explicárselo pero no tenía nada que perder.

- Y cuando quieres ir al gimnasio, ¿cómo lo haces?
- Está cerca de mi casa. Voy a pie.
- Pero no abres la puerta de tu habitación para ir al gimnasio, ¿verdad?
- Ah, ya sé por dónde vas.
- ¿En serio?
- La 309 no es la puerta de mi habitación.
- ¿Y qué es?
- Pues… es…

Esperé su respuesta largo rato. Tanto que ya casi ni me acordaba de la pregunta, como cuando estás viendo un programa en tele cinco y te meten quince minutos de anuncios y ya no sabes lo que estabas viendo.

- ¿Leonor?

No contestó. Ahora había tanto vapor que ni la veía. La busqué a tientas y allí estaba, fría como un paquete de merluza congelada, dura como un accidente de coche con muertos.
Habían detenido a Leonor para que no hablase demasiado, al más puro estilo de las películas de ciencia ficción que se estilaban entonces, donde te borraban a tu hijo de la memoria, o eras un clon de ti mismo viviendo en una isla, o creías llevar una vida normal pero no eras más que un programa informático, o estabas muerto pero, pobre imbécil, creías estar vivo.
Sentí como me envolvía una nube de odio, y estallé.
Me puse en pie de un salto, me golpeé la tetilla y grité:

- Capitán, la sala de hologramas se ha estropeado. Tengo aquí a Diana Troy más tiesa que la mojama. ¿Capitán Picard? Oh, por el amor de Q, el comunicador no funciona. Por aquí tiene que haber una compuerta, si reconecto los relés con el diferenciador EPS…

Creí que me moría cuando escuché la voz de la computadora de la nave Enterprise diciendo:

- Salga inmediatamente de la holosección. Los protocolos de seguridad están desactivados. Salga inmediatamente de la holosección…

Salí por patas de la sauna de vapor. No recogí ni la ropa, pero cuando iba a abrir la puerta por la que habíamos llegado a la piscina se me ocurrió otra cosa. Salí en dirección contraria. Escapé de la sala de natación empujando una puerta batiente y llegué hasta el vestuario masculino. Un par de hombres semidesnudos hicieron comentarios del tipo ¿qué le pasa a ese?, como en toda buena película de persecuciones que se precie. De ahí pasé a la recepción, luego a la sala de fitness, donde unas señoras culonas sudaban la gota gorda y por fin encontré una salida, con la doble hoja abierta de par de par y un aparcamiento soleado y lleno de coches gritando somos reales justo detrás.
Salté a través de la abertura como si huyera de un edificio en llamas, con mis boxers como única vestimenta y me encontré en mitad del pasillo de las habitaciones espaciadas, completamente vestido, como antes de entrar en la habitación 309.
Pero Leonor no estaba conmigo.
Miré largo rato la puerta de la habitación. La 309 parecía burlarse de mi confusión. Aunque no estaba confuso, sino enfadado. Pero que muy enfadado.
Después oí un ruido y vi que otra de las puertas, la quinta de la derecha, la más cercana al ventanal, se abría un poco. La habitación dónde Emma se castigaba.

Alguien quería verme.


MICRO-RELATOS J. K. VÉLEZ
El Inspirador Mejorado
METAVIDA
Un comienzo para un final
RELATOS J. K. VÉLEZ
Pon la boca así como si fueras a beber
MÚSICA/VÍDEOS ESPECIALES
Cosas que te hacen Feliz
LAS APLICACIONES GRATUITAS DE LA APPSTORE
Mac Sparrow
!AMIGOS
MusicotecaTube
CARTELES
Hazte Rico

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada