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bajando por la pantalla y poniéndolos cada uno en su caja correspondiente,
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miércoles 11 de noviembre de 2009
Capítulo XIII: Luces en la noche
- ¿Sabes lo que es el miedo? –dijo, a modo de bienvenida.
No se molestó en mirarme. Estaba de pie frente a un caballete que portaba un enorme lienzo; sostenía un pincel en una mano y una paleta de acuarelas en la otra. Con su pelo rubio y su traje de época, la escena sugería que la infanta Margarita le había cogido en un descuido a Velázquez la paleta y el pincel y se había puesto a retratar a la enana. Busqué un espejo al fondo de la habitación por si me veía reflejado. No hubo suerte.
- El miedo es una fuerza indescriptible –dijo. - El miedo puede darnos la llave de la realidad. Hay que tener cierto don, es verdad. No todos pueden, y los que pueden no deberían, pues constituye una falta de respeto. Pero yo no te respeto, pues el miedo no me lo permite. Acércate.
Obedecí.
- ¿Qué ves aquí?
Observé el cuadro.
- Tres trazos.
- ¿Qué dirías tú que es?
- Un principio.
- ¿Qué dirías que será?
- Lo que tú quieras.
- Muy bien. No lo olvides nunca.
Después de eso me hizo un gesto con la mano para indicarme que la dejara trabajar. De nuevo obedecí, pero no abandoné la estancia.
- ¿Debo entender que tú tienes las respuestas? –pregunté luego.
- Debes entender que no has de buscar respuestas.
- Pero las necesito.
- Te dejaré una cosa clara.
- Te lo agradecería.
- Por cada respuesta que encuentres, una parte de mí morirá. Si las encontraras todas, desaparecería.
- No me dejas alternativa.
- Eso espero –y siguió pintando.
Di una vuelta por la estancia, asombrosamente vacía y luminosa.
- ¿Qué he de hacer?
- Simplemente estar aquí.
- ¿En este cuarto?
- En esta esfera, el lugar donde descansan las ideas. No tengas prisa, no cojas atajos. Simplemente, sé.
- ¿Cuánto tiempo?
- El tiempo no es lo importante. Tu vida te será devuelta tarde o temprano. Mientras tanto puedes disfrutar o... complicarte las cosas. Tú decides.
- Sabes que si me das a elegir, probablemente escogeré complicarme la vida.
- Ya sabrás lo que te conviene.
- No por nada. Es por naturaleza. Dale a un bebé a elegir entre un chupete o un cable pelado y verás a lo que se aferra.
- No eres gracioso.
- Tampoco tú – después de decirlo me arrepentí. No podía estar seguro de que aquella niña no echara fuego por la boca. - ¿Qué opciones tengo?
- Todas.
- ¿Puedo marcharme?
- ¿Puedo yo mentirte?
- Ni idea.
- Ya te he dicho que no me conviene que te vayas.
- Sólo me has dicho que no busque las respuestas.
- Pues te lo digo ahora. Si te vas, moriré.
- Eso es chantaje.
- Nadie dijo que fuera sencillo.
- No he firmado ningún contrato.
- No estés tan seguro – de pronto tiró el pincel y la paleta contra una pared y empezó a llorar desconsoladamente – Bastian, tienes que darme un nombre. No es tan difícil, tú ya lo has elegido.
Luego se echó a reír de una forma esperpéntica que me heló la sangre en las venas y salió corriendo, dejándome sólo con el cuadro.
Lo había terminado. No sé muy bien lo que había dibujado, ni cómo podía haberlo acabado en cuestión de minutos, pero sabía su nombre.
Dos luces en la noche.
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Etiquetas:
novela J. K. Vélez
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