
Subí la escalera. La 309, en otro momento, podría haberme parecido un medio de diversión, pero ahora que estaba convencido de que todo era un juego no me apetecía nada jugar. Así que enfilé mis pasos hacia mi habitación, deseando que pasara el día lo antes posible. Pensé por un instante visitar a Emma para que me robara unas cuantas horas pero había un par de impedimentos. Uno, que estaba en la cocina en ese momento, no en la habitación escasa de muebles, y dos, que permitir a Emma hacer su función roba-tiempo era como decirles que iba a jugar con sus reglas, y no estaba dispuesto a eso.
Me acosté en la cama. Luego me levanté, abrí la ventana, arranqué de la pared el calendario que acababa en 12 de Agosto y lo lancé al huerto. Volví a acostarme y me regañé. No deberías dejar que te afecte. Es otra forma de hacerles ganar.
Alguien llamó a la puerta.
- Dejadme en paz.
- ¿Puedo entrar? –era la voz de Clara.
- ¿Vienes a disculparte?
- Vengo a hablar contigo.
- Abre. Ni siquiera puedo encerrarme – la puerta no tenía pestillo, lo cual no significaba que no pudiera dejarme encerrado. Ya lo había hecho antes.
Clara la abrió y de un vistazo comprobé que seguía el juego. Llevaba unas gafas de sol, tan extravagantes como las de Gattari, la noche en que me contrató.
- ¿Puedes ayudarme? No me acostumbro a estar ciega.
- Es lógico, llevas ciega tres minutos- la cogí de la mano y la hice sentarse en la cama.
Había un par de butacas pero Clara tenía un culo formidablemente vasto y no me pareció que fuera a estar cómoda en ninguna de ellas.
- No quiero que pienses que es culpa tuya. Ya tenía ganas de quitarme esta maldición.
- ¿La vista?
- La prohibición. El no poder decir que sí.
- Estás ciega. Pero de JB.
- No me vendría nada mal en estos momentos. Quizá luego te apetezca bajar. Preparo un licor exquisito. Podríamos beber hasta perder la conciencia.
- Al grano, por favor. ¿De qué querías hablar?
- Creo que hoy estás un poco… no sé como decirlo.
- ¿Asqueado?
- Descreído.
- ¿Y eso te preocupa?
- Podría ser fatal para nuestros intereses.
- ¿Los de quién?
- Los de todos nosotros. Incluido tú.
- ¿Debería ser más crédulo?
- Algo menos escéptico.
- ¿Y en que nos beneficiaría eso?
- En primer lugar… –y se dispuso a enumerar.
Su vestido de florecitas silvestres, sus rizos castaños y sus dedos regordetes me hicieron acordarme de mi tía Rosa. Hacía mucho que no la veía. Nos habíamos peleado, porque ella no soportaba a…
¿A quién? Otra vez aquella sensación de que me robaban mis recuerdos.
A Lucía, supongo. No soportaba a Lucía.
Pero, ¿había venido a conocer a los bebés cuando nacieron o estaba demasiado enfadada?
Sentí como unas pinzas quirúrgicas intentaban arrebatarme el recuerdo de mi tía Rosa, así que me levanté de un salto mientras Clara parloteaba, cogí una libreta y un boli bic de una de las bolsas que me hacían las veces de maletas y apunté:
Rosa. Es mi tía. Aunque no sabría decir si por parte de madre o de padre. Físicamente se parece a Clara. No soporta a Lucía, aunque este punto no lo tengo muy claro. No creo que viniera a conocer a los bebés. Intentan borrarla de mi memoria.
Arranqué la hoja y me la guardé en un bolsillo.
Clara seguía a lo suyo. Evidentemente no estaba ciega y debía haber seguido mis movimientos al dedillo, pero disimulaba muy bien.
- Y por supuesto ayudarás a Leonor –acabó.
- ¿En qué sentido?
- La están aislando del resto. Primero dejó de percibir a Iván, después le han borrado a Jonás. En cualquier momento Emma y yo misma desapareceremos para ella y creerá que vosotros dos sois los únicos que habitáis el lugar. Más adelante ya no percibirá a nadie y la veremos pasear solitaria por la casa. Después, ya no sabrá de su propia existencia.
- ¿Y ser más crédulo la salvará?
- Nada puede salvarnos, pero al menos se lo harás más llevadero. Tendrá un amigo en ti, no a alguien que cree que está fingiendo.
- Buen intento.
- ¿No quieres saber quién nos hace todo esto? ¿No te interesa?
- ¿Por qué ibas a contestar ahora a mis preguntas?
Iba a añadir que ya no tenía preguntas, que ya no buscaba respuestas, que lo único que quería era salir de allí y que ellos podían pudrirse. Pero se quitó las gafas de sol.
Las pesadillas no sólo habitaban los pasillos de noche.
A Clara le habían sacado los ojos.













0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada