domingo 25 de abril de 2010

Capítulo XXIV: Números grandes


Más tarde, tras regresar a la casa y subir a mi habitación, le enseñé a Enrique el calendario.

- Según lo que yo recuerdo, sea cierto o no, hoy es sábado 21 de Julio. –Conté los días con un dedo. – Faltan 22 días para el doce de Agosto.
- Estoy convencido de que mi versión es la correcta. Suponiendo que no estemos en manos de alienígenas y que no hayamos viajado en el tiempo, hoy ni es sábado ni es 21. Julio ya ha terminado. Te apuesto lo que quieras.
- No tenemos forma de saberlo.
- Cuando salgamos de aquí lo sabremos.
- Si salimos de aquí. Además, no estoy tan convencido de que tu versión sea la correcta.
- Te lo digo yo.
- Claro. Un tío con una mano extra, e independiente, que le sale de cualquier parte del cuerpo sin alterar el tejido. Por cierto, ¿es diestra o zurda?
- Según de qué lado salga tiene el pulgar en un lado o en el otro.
- Vaya. Entonces son dos manos. Ten cuidado no acabes con dos cabezas…
- ... cómo Homer Simpson en aquel capítulo de halloween –terminó Enrique.
- ¡Ay! Ese yo no lo he visto- dijo la voz de Emma bajo mi cama.
- Vaya, tenemos compañía.

Me agaché y eché un vistazo bajo la cama, esperando que Emma ya se hubiera evaporado, pero seguía allí, sonriente.

- Es la primera vez que te veo hacer cosas de niña de tu edad.
- Yo es la primera vez que te veo los dedos de los pies –me había quitado las botas tras el paseo.
- Sal de ahí, estarás más cómoda.
- Vale.

Salió ágilmente del escondrijo y se sentó en la cama. Saludó a Enrique con la mano. Él permanecía de pie examinando el calendario. La mano rara le salió por la espalda y respondió al saludo de Emma con energía. Enrique no pareció darse cuenta.

- Iván, tienes un tío por la espalda –dijo Emma, alegremente. Luego añadió: – Olvida lo que acabo de decir. Las connotaciones sexuales implícitas de tan desafortunado comentario no son apropiadas para una niña de mi edad –y me guiñó un ojo.
- Si faltan 22 días para llegar al ahora en el mundo real, - empezó Enrique, ignorando a la cría -¿qué pasará si dejamos pasar esos 22 días? ¿Nos devolverán a casa, al mismo punto del que nos extrajeron?
- Cuanto más lo pienso, más convencido estoy de que mi pasado no es falso. Conozco bien a Lucía. Su forma de armar bronca, su manera de estrellar los móviles contra el suelo cuando se enfada…
- Vosotros dos sois interesantes –dijo Emma.

Ambos la miramos.

- ¿Eres tú el científico que está detrás? –preguntó Enrique.
- No soy más que una niña de mi edad.
- Más te vale.
- No me amenaces o te borro del programa.

Enrique la observó detenidamente por unos instantes y después volvió a concentrarse en el calendario.

- ¿Cuál es el plan? –preguntó Emma.
- ¿Qué plan? –dije.
- ¿Qué vamos a hacer? No puedo esconder a Clara eternamente. Y no pararán hasta encontrarla.
- ¿La van a dejar ciega otra vez?
- Creo que la matarán. Es lo que toca.

Esto volvió a llamar la atención de Enrique.

- ¿Quién la va a matar?
- ¿No lo sabes? No puedes saltarte un castigo. La pena es la muerte. De todas formas mejor para ella. Si muere, sale.
- ¿Y al que sale qué le pasa? ¿Dónde va?
- A casa. Pero lo entretenido es irte a casa vivo. ¿Cuál es el plan?
- ¿Otra vez? - dijo Enrique, mosqueado.
- El plan, por el momento –contesté – es sobrevivir hasta el día 12 de agosto. Si puedes ayudarnos a que el tiempo pase más deprisa te lo agradecería.
- Está bien. Vamos a necesitar un reloj. Dadme dos minutos y venid abajo.

Emma salió corriendo de la habitación y Enrique le lanzó una mirada irritada a la estela invisible que había dejado a su paso.

- Vamos a ver qué hace. No pienso darle esos dos minutos.

Fuera lo que fuese lo que había hecho, ya lo había hecho cuando bajamos.
Una de las paredes del salón, una que daba al exterior de la casa y no tenía puertas ni ventanas, se había convertido en un reloj digital.
Un reloj digital de cinco metros de largo por tres de alto.


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