
¿De eso se trata?, me pregunté, mientras dejaba a esa panda de desquiciados mojándose en la cocina. ¿Se trata de inspirar a alguien? ¿A quién? ¿Por qué?
No tenía respuestas pero sí estaba seguro de una cosa. Aquella tempestad en la cocina no la había provocado yo. Quizá en algún momento llegara a ser capaz de moldear el entorno en que me movía (muy a mi pesar) tal y como lo hacía Emma, pero ese momento aún no había llegado, por mucho que ella lo afirmara o lo insinuara Jonás. Además, a mí no se me ocurriría convertir una pared en un Casio ni desatar un monzón en la cocina. Me pregunté distraídamente qué haría yo si tuviera ese poder y de pronto imaginé un falo de unos cinco metros que destrozaba el techo de la casa con una impresionante y demoledora erección. La escena pasó por mi imaginación de forma fugaz, pero me dejó bastante perplejo.
La idea de Enrique de que estaban estudiándonos como a ratas de laboratorio no me parecía en absoluto descabellada. Me pregunté si acaso no me habrían bombardeado con aquella imagen sexual. Aquel falo monstruoso, ¿había sido fruto de mi imaginación o de la de otro?
De camino al piso superior oí a Enrique repetir en la cocina unas cinco veces que se llamaba Enrique Martos. Supuse que en mi ausencia se divertían martirizándolo a él.
Me apetecía distraerme un poco, quizá visitar la biblioteca de la 309 o inspeccionar el resto de la casa, pero una vez en el pasillo del piso superior la puerta del fondo se entornó y eso significaba que Emma quería verme. O que yo la viera. Claro que a Emma la había dejado en la cocina, con el resto.
Aunque, como es evidente, después de haber oído a la computadora de la Enterprise dentro de una sauna de vapor, estaba claro que Emma se teletransportaba.
No me había equivocado, Emma me esperaba en su habitación vacía. Volvía a vestir de época y estaba seca aunque yo la había dejado empapada en la cocina con su camiseta de los héroes y sus pantalones rajados. Se hallaba sentada a una pequeña mesa baja y se dedicaba a mezclar sin orden ni concierto un montón de barritas de plastilina de diversos colores.
- ¿Te divierte?
- ¿La plastilina?
- El estar en varios lugares a la vez.
- ¿Cómo sabes que no soy otra Emma?
- ¿Lo eres?
- Quizá. Aunque creo que me gusta más lo de estar en varios sitios a la vez.
- Como los dioses.
- Eso.
- Pues ya sabes.
- Qué.
- Quédate con esa trama.
- ¿Por qué no te sientas?
Lo hice, aunque la forma de pedírmelo me había recordado a cierta gitana que nos echó las cartas una vez a Lucía y a mí en una de las mil ferias de Inca, ciudad de la piel, y que acabó dándonos muy mal rollo a ambos.
- Ahora mírame a los ojos y pasa de mirar la plastilina, que si no luego no te sorprendo.
- Molaba más antes, la novedad y eso –dije.
- ¿Qué piensas?
La pregunta no venía mucho a cuento, así que me salí por la tangente.
- No es apto para menores –no iba a explicarle lo de la polla que reventaba el tejado.
- Las dos Emmas sumamos dieciocho.
- No cuela.
- ¿Ya tienes una teoría?
- ¿Sobre qué?
- Sobre tu papel aquí.
- Tengo varias.
- Hay muchas posibilidades.
- Muchas.
- ¿Te gustaría saber la verdad?
- Me encantaría.
- ¿Quieres que te la cuente?
- Dijiste que eso te mataría. ¿O no iba en serio?
- Iba en serio.
- Así que ahora me mentirías.
- Quizá deba morir.
- Entonces este debe ser un lugar peligroso para una niña de nueve años.
- Lo peligroso debe ser la niña de nueve años.
- Háblame de las posibilidades.
- Veo que lo has entendido. ¿Qué quieres que te diga?
- Algo que no pueda hacerte daño, pero que me dé algo de luz.
- De acuerdo. Imagina una galaxia lejana.
- Lo sabía.
- ¿El qué?
- Que te teletransportabas.
- No me estás tomando en serio.
- Lo siento. Continúa.
- En una galaxia muy, pero que muy lejana…
- La otra Emma habría dicho “la hostia de lejana”.
- La otra Emma tiene mal carácter.
- Entonces, ¿hay dos Emmas?
- ¿Te has parado a pensar, sabiendo lo que ya sabes, que una de las dos Emmas puede ser real y la otra ser fruto de la imaginación de alguien?
- Primero, no sé absolutamente nada, no estoy más cerca de la verdad que cuando empezó todo, y segundo, no me creo toda esa historia de que el robaórganos lo inventara Clara y el médico loco Jonás. Por lo tanto no creo en las dos Emmas.
- Parece que no estás seguro de lo que sabes, pero sí estás seguro de lo que no sabes.
- No me líes ahora que empezaba a pasármelo bien.
- ¿Crees que soy inaccesible?
- Creo que se te va la olla.
- ¿Te cuento lo de la galaxia lejana?
- ¿Puedo mirar la plastilina?
- En realidad, sí. La gracia está en que no me dé tiempo a hacer lo que hago, y como sigamos sin concretar vamos a estar aquí horas.
- Hoy pareces de lo más accesible.
- Gracias.
Aparté la mirada de sus ojos y la centré en lo que sus manos habían hecho con la plastilina.
- ¿Lo reconoces?
Por supuesto que lo reconocía.
Las figuras desbordaban la mesa. Al fondo, sobre un risco y con un imponente lago negro a sus pies, el impresionante castillo, con todas las ventanas iluminadas desde el interior, daba su espectacular bienvenida a un nuevo curso. Por la ladera corrían tres magos, el primero con gafas y una escoba en la mano, el segundo más feo que Picio, y tras ellos una chiquilla con mucho pelo castaño y los dientes de delante bastante largos, cargada con un montón de libros.
- Hogwarts.
- Me dijiste que no hacía cosas de niña de mi edad. Estoy rectificando.
- Veo que te has basado en los libros, no en las películas.
- Por supuesto. ¿Qué te parece mi dominio de la plastilina?
- Creo que alguien necesita un halago.
- Vamos… -rogó.
- Creo que ni Tim Burton logra esta maravilla.
- Gracias. Y ahora vuelve a mirarme a los ojos mientras hago otra maravilla.
Obedecí.
- Y mientras, me cuentas lo de la galaxia lejana –rogué.
- Perfecto. Tenemos una galaxia en la otra punta del universo conocido. Sin embargo, no es una galaxia tal y como la conocemos, porque ellos se agrupan en esferas de realidad relativa y nosotros en planetas. Hay una razón para ello, ellos están hechos de energía netárgica y nosotros de materia orgánica monda lironda. ¿Me sigues?
- Voy justo detrás en la lanzadera Delta Flyer a velocidad WARP.
- Okis. El caso es que nosotros somos un producto. Ellos nos crearon con diversos fines, uno de ellos la educación. Imagina que te compras un juego educativo para una consola, uno de esos juegos de Ejercita tu mente. Pues nosotros venimos a ser una cosa así para ellos.
- Pero nosotros estamos vivos.
- Porque ellos utilizan otras materias primas. Pero nuestra vida para ellos no significa más que para nosotros el videojuego o la consola.
- Vale. Hasta aquí, muy clásico. Nada que no haya contado antes Asimov o Arthur C. Clarke.
- Hablando de Clarke, ¿no fue él quien dijo que “Toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”? Viene a cuento con Harry Potter.
- ¿Te gusta la ciencia ficción?
- Me gustaba más antes.
- Tienes nueve años, no podía gustarte mucho antes.
- No me he expresado bien. Me gustaba más antes de que, por culpa de la ciencia ficción, me convirtiera en una asesina.
- Vaya. ¿Con cual de las historias nos quedamos? ¿La de los alienígenas de las esferas de realidad relativa, o la del asesinato de la mejor amiga de Emma que luego encubrió el tío Gattari? ¿O quizá con el misterio de por qué una criatura de nueve años se expresa como una mujer adulta?
- Coeficiente intelectual de 172. Es lo menos misterioso que te vas a encontrar en esta casa.
- Qué lastima, te has cargado una de las posibilidades.
- Quedan dos, elige la que más te guste.
- Elijo la tercera.
- Hay poco que contar. Además, lo podías haber deducido por ti mismo. Gran sensibilidad. Excesiva cantidad de energía. Pérdida de atención. Aburrimiento manifiesto. Placer por las artes. Emocionalmente inestable. Creatividad. Intuición. Sed de conocimientos. Individualismo. Desarrollo precoz, adulta antes de tiempo. Gran capacidad de razonamiento y… de manipulación. Soy el molde de los superdotados. El piso piloto de Urbanización Pensamiento. La crème de la crème de los cerebritos. La súper nena. Una auténtica visionaria, la heredera natural de William Henry Gates III al frente de la informática del futuro si no me estuviera muriendo. Los alienígenas de Esfera Relativa no jugarían con cualquiera.
- ¿Te estás muriendo?
- Por favor, si contesto a esa pregunta serás tú quien me mate. Cuanto más sepas tú, menos vida me queda a mí.
- Pues no deberíamos seguir hablando.
- Es un buen día para morir. Además, ya no debería estar viva. Ni siquiera lo merezco.
- Tonterías.
- Déjame hablarte de las posibilidades. Déjame no concretar y darte todo el abanico para que decidas por ti mismo si te quedas o te vas. Mientras tenga tu atención, seguiré haciendo maravillas.
- Tienes toda mi atención.
- Allá vamos.













Muy buena letra Deank. Manejas bien la palabra, el diálogo, y claro, si se trata de una novela, se explica el final.
ResponderSuprimirSaludos cordiales